INDICADOR POLÍTICO

Trump, EE. UU. e

Iberoamérica,

pero sin Europa

Carlos Ramírez

Nunca el mundo se había encontrado en una situación como la actual: un imperio estadunidense en decadencia, un habitante de la Casa Blanca en modo Nerón, una Europa sin pensamiento estratégico y tres potencias sin capacidad para generar una nueva correlación de fuerzas de poder.

Dentro de los EE. UU. los equilibrios están desequilibrados: los demócratas están enredados en sus propias contradicciones, el imperio del capitalismo podría tener como candidato demócrata a un socialista multimillonario sin ninguna idea contra Wall Street, la todopoderosa líder demócrata en la cámara de representantes acumula burlas de Trump sin que nadie salga en su defensa y a tuitazos mantiene Trump a raya a adversarios.

El impeachment fue un fracaso desde su origen, con Pelosi peleando contra sombras intangibles, aún invocando pérdida de poder presidencial imperial que pudiera destruir el modelo estadunidense de gobierno, sin entender que el poder de la Casa Blanca es del presidente y que los demócratas tibios redujeron dominación mundial.

Trump entró en el tiempo político de la lección presidencial de noviembre de este año con la capacidad de iniciativa. Los demócratas carecen de liderazgo, el puntero en las encuestas es el exvicepresidente Joe Biden a quien ni su jefe Barack Obama le ha dado su voto porque no le reconoce nivel presidencial. La primera votación estatal de las internas —caucus— en Iowa fue un fracaso organizativo que dejó el mensaje de que Trump tendría vía libre para la reelección.

El escenario mundial muestra una carencia de líderes y opciones: China tiene poder comercial, pero no militar ni monetario; Rusia distrae con presencia en Iberoamérica, pero su juego de poder es en Europa, Irán sueña con ser potencia sin ejército, sin moneda y con petróleo, pero el poder nuclear atemoriza más a aliados que a Washington. La Unión Europea vio estallar un torpedo inglés debajo de la línea de flotación y tardará en recuperar equilibrio de la nave.

Trump es un personaje singular. Los líderes del mundo se burlan de él, los medios lo destruyen, sociedades enteras lo odian, la mitad de los estadunidenses lo detesta y él sigue como si nada ocurriera, cambiando sentidos políticos con un tuit. Pelosi quiso ser la estratega de la destrucción de Trump, pero a la vuelta de la rueda de la política ella quedó atropellada por las patas de los caballos trumpistas a galope. El impeachment derivó en una de las mejores campañas gratuitas de demócratas a favor de un candidato republicano.

El sector liberal sigue sin entender la lógica de la relación de Trump y su estilo con sectores estadunidenses medios y bajos. Ahora mismo organizaciones de migrantes mexicanos, los más afectados con las acusaciones y señalamientos de Trump, ya le dieron su apoyo porque Trump aparece como el camino para la regulación de presencias sin papeles. El deseo de millones de hispanos no es votar por la democracia, sino por una incorporación al sistema de vida estadunidense.

Trump representa la figura del triunfador, del empresario anti Estado, del enemigo de los burócratas, del gobierno que deja la economía al sector privado, del defensor del derecho del estadunidense a defenderse por sí mismo con armas y no limita la Segunda Enmienda que dejaría todo el poder policiaco al Estado. En tanto que los demócratas quieren construir un Estado populista; la propuesta del multimillonario socialista Sanders quiere crear un sector social médico del Estado y con ello una nueva burocracia, cuando la salida sería mayor control de las empresas de seguro médicos.

Los liberales siguen sin entender las razones del voto conservador por Trump después de dos votos al liberal Obama. El salto de una posición progresista a una reaccionaria aportó datos de fondo sobre el pensamiento político, social y electoral de los estadunidenses. La derrota de Hillary Clinton no fue por su perfil liberal, sino por no entender el estado de ánimo de los estadunidenses después de dos gobiernos sin resultados sociales de Obama. Los afroamericanos, los hispanos y los pobres se quedaron esperando reformas sociales de fondo y sólo recibieron esas posturas arrogantes de Obama, un Obama que gobernó mirándose en su propio espejo.

Los medios combatieron a Trump desde la trinchera ideológica y no de la eficacia de gobierno. Se la han pasado enumerando las mentiras de Trump, pero sin reconocer que todos los presidentes en los EE. UU. se mantienen por la mentira. El 19 de enero el The New York Times apoyó en un editorial las precandidaturas de las senadoras Elizabeth Warren y Amy Klobuchar, desde el criterio de que “algunos en el partido ven al presidente Trump como una aberración y creen que es posible el retorno a un Estados Unidos más sensato. Luego están los que creen que el presidente Trump fue el producto de sistemas políticos y económicos tan podridos que deben ser reemplazados”.

Sin embargo, Trump fue producto del sistema-sociedad que prohijó a los demócratas Kennedy, Clinton y Obama y a los republicanos Nixon, Reagan y Bush Jr., todos ellos con frivolidades, decisiones guerreristas y violaciones a derechos humanos. La prueba está en que la sociedad que votó dos veces por Obama lo hizo de manera inmediata por Trump. Y en el escenario de precandidatos demócratas no existe ninguna personalidad que pudiera confrontarse con Trump; quizá la única sea Hillary Clinton, pero su derrota del 2016 fue mal procesada, no supo recuperarse y hoy no representa ninguna posición política.

Los EE. UU. eligieron a Trump, los EE. UU. lo puede mantener otros cuatro años en la Casa Blanca y Europa, China y Rusia miran hacia otro lado a la espera de que llegue 2024 y el tiempo derrote a Trump.

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