MORIR TRES VECES

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Por Ernesto Parga Limón

En una tarde más de encerrona… es sábado, pero pudiera ser miércoles o lunes, da igual, las horas parecen meses y los meses siglos. Es difícil vencer la tentación. Sobre el buró de a lado; el control, la televisión enfrente, la recomendación del amigo presente, y el clic sin necesidad de zapping, va directo al objetivo. “Las tres muertes de Marisela Escobedo” en Netflix; estrenado apenas el día 14 de octubre. La experiencia… sobrecogedora, estremecedora, abrumadora y tan reveladora que nos cuestiona hasta la médula misma. No soy critico cualificado, pero este documental seguramente se llenará de premios y reconocimientos, quizá ya tiene uno, el convertirse por el tema que trata, (los muchos temas), y por su calidad, en vista obligada para todos los mexicanos, para entender la grave crisis de seguridad que ya por décadas arrastramos.

Recién se cumplieron 10 años de la muerte de Marisela Escobedo, la activista que movió mar y tierra para buscar justicia por el crimen artero de su hija de 16 años, Rubí Frayre Escobedo, el documental narra con entrevistas a funcionarios legales, familiares y ONG involucradas, la tremenda odisea de Maricela que desafío a autoridades y persiguió por propia cuenta al asesino y logró ubicarlo para ponerlo de frente a sus juzgadores, en uno de los primeros juicios llevados bajo el nuevo sistema penal acusatorio. El asesino en pleno juicio pidió perdón a la madre; el veredicto… absuelto por unanimidad.

El caso de Maricela nos pone de frente, sin posibilidad de fuga, ante la gravísima descomposición del aparato de justicia de nuestro país, en donde los ciudadanos hemos sido abandonados por el estado a nuestra propia suerte.

Nos revela la frialdad y falta de empatía de las autoridades ante los clamores desesperados de cientos de miles de familias que buscan justicia ante gobiernos sordos, coludidos y en el mejor de los casos ineptos e irresponsables.

Por lo menos a mí me hace entender el tamaño de la desilusión y del hartazgo ante el enorme desprecio de las autoridades por la vida de sus gobernados y ante la impotencia y vulnerabilidad que carcomen el espíritu de los mexicanos, que, por otra parte, necesitados de recuperar la esperanza, en un movimiento pendular, buscan afianzarse en algo, en promesas que den un poco de tregua y de sosiego en medio del tormento y de la angustia. Y surgen los vendedores de humo que prometen a sabiendas que poco o nada harán, pero que con desenfado aprovechan la rabia y el descrédito de los actores políticos pasados para recoger, una vez más, la esperanza y la necesidad de creer en la justicia y el hondo deseo, también, de no sentirse solos, abandonados.

Esto no es una diatriba al partido que gobierna, es un repaso que incluye a los tres principales partidos políticos que nos han gobernado en los tiempos recientes; el PAN de Calderón, el PRI de Peña Nieto y el actual de MORENA. Insisto no es una diatriba, doy un solo dato para fundamentar mi aserto.

El terrorífico conteo de muertos por violencia en el sexenio de Calderón arroja números según el semanario ZETA de 83,000, el gobierno en su momento reconoció 64,786, sin embargo, hay quienes piensan que pudieron llegar hasta los 121,000, según información del INEGI, que comparte la revista

Proceso. Los del sexenio de Peña Nieto rondan en la cifra terrible de 150,000, de acuerdo con la información del mismo INEGI. Por su parte los números del actual gobierno siguiendo la lamentable inercia, cada año superan al anterior, para el 2019 se contaron 35,588 en datos de la Secretaría de Seguridad Pública del propio gobierno federal, para este 2020 las estimaciones superan los 40,000, dando una cifra también estimada para todo el sexenio de más de 200,000.

Cada uno de estos números, los del pasado, los del presente y los del futuro tiene y tendrán nombre y rostro, tristes historias de familias sobrevivientes que, en palabras de Maricela Escobedo, son vueltas a asesinar espiritualmente por la ineficacia de los aparatos de procuración de justicia. Son, a mi parecer, prueba indubitable de un estado fallido.

Pasan los años, pasan las administraciones. ¿Algo ha cambiado?, ¿Nos sentimos más seguros?, ¿Nos sentimos más acompañados? Lamentablemente todas estas preguntas tienen una respuesta negativa. Sobre nuestros corazones solo la imperiosa necesidad de seguir creyendo en la justicia. En tanto el gobierno nos ofrece solo humo y nada más.

En algún momento del documental uno de los entrevistados dice, casi sin pensarlo: -cuando todavía no nos habíamos acostumbrado a tanta muerte-, Ese es, tal vez, el único cambio real; hemos perdido la capacidad de asombro ante tanta barbarie, normalizando la locura de nuestra realidad.

El documental, tiene otra veta muy humana que ofrece muchas posibilidades de introspección y análisis: El duelo nunca superado, convertido en obsesión temeraria llevada al límite, la pérdida de generaciones de jóvenes atrapados en medio de la carencia de futuro, que viven, por eso, solo el hoy frenético, el comportamiento solidario de la comunidad, la posibilidad, según lo refiere el hijo de Maricela, su acompañante en la devastadora lucha por la justicia, de reencontrase con nuevos caminos para intentar vivir, no dejando que el odio sea ya el único motor de vida; abriendo así una rendija a la luz.

Apago el televisor como intentando apagar la realidad, dejo el control, intento huir de mis pensamientos. No lo consigo. Buscando catarsis escribo estas líneas, solo para mí.

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