RECONCILIACIÓN…EN SERIO

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Por Ernesto Parga Limón

En su libro “Un largo camino hacia la libertad”, el padre de la nueva Sudáfrica, el que erradicó el apartheid nos regala un retrato honesto, sincero, desprovisto de poses y de auto exaltación, que nos puede ayudar a conocer y a entender a una de las figuras políticas paradigmáticas de nuestro tiempo. Nelson Mandela.

Sin duda es parte del ADN del alma política, de la mayoría de los gobernantes y estadistas de todos los tiempos, soñar con un puesto en la historia; que los siglos venideros reconozcan su legado indiscutible, su poder de transformación y su genio incomparable.

Claramente, la inmensa mayoría de ellos lo hace más desde su propia megalomanía que desde una realidad radical y seria. Casi todos anhelan, porque su ego los alimenta, un lugar en el panteón de los grandes hombres de la historia, y se sueñan al lado de sus héroes.

Cuántos de quiénes ahora gobiernan los países de nuestra época tienen ese mismo deseo, y cuántos, como en el pasado, se engañan a sí mismos y ciegos, ante la realidad de su pequeñez, prefieren oír el seductor, aunque mentiroso, canto de las sirenas que les cantan su falsa melodía de inmortalidad.

Quién de los actuales actores relevantes en la geopolítica, resistirá el juicio de la historia, quién pasará la criba de la historia; esa enérgica diosa que pone, inflexiblemente, a cada uno en su lugar.

Nelson, el niño negro en un país de negros, gobernado por la minoría blanca, nos narra en este apasionante libro de su vida, su historia familiar, su infancia, los oprobios recibidos por su color de piel, su formación académica, sus errores, sus pecados, su admiración por las mentes claras, y finalmente el aprendizaje, quizá la única virtud que de sí mismo reconoce, que lo llevó a encabezar la revolución que hizo caer al régimen de segregación que imperaba en su país.

La manera más segura de perder ese puesto en la historia es que los políticos se expresen con un discurso en un sentido y que sus obras caminen por otro derrotero, pretendiendo engañar con la palabrería hueca. Justicia y amor por la tarde y en la mañana palos y descalificaciones.

Mandela pronto entendió que la única salida para su patria era la reconciliación autentica y la unidad de todos los sudafricanos, sin importar cuál haya sido la naturaleza de los agravios y sin importar quién los haya sufrido. Mandela no le hablaba al oído del seguidor, esperando su aprobación, le hablaba a la verdad, y a la necesidad real de su pueblo.

Tal vez el mejor indicador de la grandeza del estadista se pueda aquilatar en su propensión al futuro, el trasformador mira hacia adelante, no mira al pasado más que para perdonar y abraza la reconciliación con el otro, con el diferente, con el que me ofendió, sin exigirle disculpas, le ofrece la posibilidad de una nueva convivencia al amparo de nuevas reglas justas para todos.

Mandela pasó 27 años en Robben Island y en otras cárceles, su movimiento el CNA (Congreso Nacional Africano) estaba proscrito, perdió a muchos camaradas de lucha civil. Al salir y tomar el poder pudo

sentirse justificado para emprender una justa venganza contra aquellos que habían ofendido y dañado a su pueblo y a él mismo. Pero así se mide la grandeza, cuando sin complejos, sin venganzas escondidas con la careta de “mandatos del pueblo”, se busca la paz, porque se sabe que solo así esta perdurará.

El auténtico líder no azuza a su pueblo a la violencia, no distingue, ni clasifica, ni divide a sus gobernados; se empeña, muy por el contrario, en unirlos a pesar de que esto le significa pérdida de popularidad; porque esta no es factor que decida su actuar.

Sin discusión “Madiba” tiene, sin buscarlo su lugar en la historia.

Hay un montón de ejemplos de su decisión por el perdón y la reconciliación, incluyó blancos en su gabinete y en sus equipos de trabajo. Aceptó y recibió el premio Nobel de la Paz junto al presidente de Sudáfrica Frederik de Klerk; el mismo que lo liberó tras 27 años en prisión. Mandela y de Klerk fueron presidente y vicepresidente de la nación en la era post apartheid.

Es muy conocida su frase: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero”.

Mandela reunificó a un país devastado por la violencia y por el odio racial, sin maniqueísmos ridículos que reparte todo el mal en un lado y todo el bien en el otro, sabía que el mal está en todas partes y que también el bien puede estar en todas partes. “Los valientes no dudan en perdonar por el bien del pueblo”, solía decir.

Mandela entendía que el peor consejero y aliado es el odio, en sus años de prisión gustaba de recitar una y mil veces el poema Invictus del poeta inglés W. E. Henley:

“Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino,

ni cuantos castigos lleve mi espalda,

Soy el amo de mi destino,

Soy el capitán de mi alma.”

Mandela siempre pensó que lo único que podría realmente encarcelarlo era el odio; que nublaría su razón para actuar haciendo el bien.

Pienso que “Un largo camino hacia la libertad”, de Nelson Rolihlahla Mandela el querido, “Madiba” (padre) del pueblo sudafricano, debería ser el libro de cabecera de muchos gobernantes, que hoy más que hacer el bien están embriagados anticipadamente de su posible presencia en el almanaque de la historia.

Mandela tiene mucho que enseñarles.

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