IN MEMORIAM

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Por Ernesto Parga Limón

Con profundo respeto a sus familias, y en recuerdo de mis amigos Jorge Luis Vela Guadiana y Guillermo Alfonso Chávez Mijares. Simplemente hombres buenos. E.P.L.

Pienso que cada que se escribe algún artículo sobre la pandemia se intenta, de alguna forma, una suerte de exorcismo para que los demonios de este mal se alejen; a la vez que manifestamos un deseo inconsciente de hacer recuento de daños, como esperando dar carpetazo al asunto y emprender ya, ahora sí, el vuelo del Fénix por el alto cielo de la esperanza.

Sin embargo, la dura realidad nos golpea cada día con la sinrazón de esta crisis, que ajena a los colores, a las fases y a los semáforos, sigue extendiendo sobre nosotros su sombra de dolor y muerte, incrementando, cada día más, esa sensación de incertidumbre que nos llena de preguntas, al tiempo que nos va dejando sin respuestas.

Escribí sobre la pandemia cuando los caídos eran apenas 1000, y me parecían una barbaridad, luego en julio cuando los decesos eran 30 mil. Hoy en este triste domingo de septiembre el mundo arribará al millón de muertos y nuestro país estará rondando, desgraciadamente, la suma de 80 mil compatriotas que se han ido, aunque según la propia autoridad sanitaria pudiera ser el triple, aumentando así la desazón y el profundo vacío en el corazón que todos sentimos.

Cada uno de este numero infausto tiene rostro, tiene historia que deja corazones rotos entre quienes los quieren. Cada uno de este infausto número, dejó años en el tintero de su vida, sueños y tareas por cumplirse, charlas, abrazos, cafés, viajes y proyectos que ya no serán. Sé, sin embargo, que los deudos, los que aquí se quedan con el alma atravesada por la espada del dolor, encontrarán sosiego, calma y resignación en el dulce recuerdo de lo vivido, del servicio recibido, del consejo generoso, y de la serena gratitud de saber que los suyos fueron buenos, que fueron los mejores, y que ahora son los héroes de su historia.

Importante lección para los que seguimos aquí, bregando en este mar de incertidumbre. Desconcertados, desconsolados.

Llegado el momento de nuestra partida; ¿Cómo nos recordarán los nuestros, se llenarán de lágrimas y de orgullo sus palabras por nuestra vida?; ¿Podrán sentir, en medio del dolor, la paz que nuestra vida buena les dejó? Si aún no es así, ojalá haya tiempo para emendar actitudes, vaciar el alma de rencores, de viejos agravios, de orgullos tontos, para dejar bien afirmada la certeza de que intentamos, con nuestras limitaciones, cada día ser mejores, por y para ellos.

El mundo todavía no cumple un año de esta calamidad y ya es otro y muy distinto, otro y sin rumbo que no entiende adónde se dirige, o lo que es aún más angustiante, no sabe adónde podrá dirigirse, desconociendo cuáles caminos quedarán irremisiblemente obturados.

Ya sé, lo pienso mientras escribo, que al final del túnel está la luz, ya sé que Dios sabe lo que hace, que todo tiene una razón, que se sale siempre crecido del dolor y de la adversidad, ya sé que, si somos cómo ellos, los volveremos a ver y esta vez para siempre, en el santo territorio de lo eterno. Ya lo sé. Solo quiero un poco de respiro.

Pero los amigos se siguen yendo, gente buena que nos hacía, con su sola presencia, un poco mejores. Ellos son ahora una pérdida irreparable y nos falta su mirada, su fe, su risa y su consejo.

Por eso hay momentos, en que después de tanto golpe, el alma se empequeñece, el espíritu, antes indomable, flaquea a ratos, la razón se nubla, la esperanza tambalea; reclamando solo un poco de respiro. Respiro, para poder seguir creyendo que la vida merece la pena de ser vivida, para seguir, en tanto estamos aquí, honrando a los que se adelantaron. Sé también que ellos desde la ventana celeste se asoman, nos contemplan, se alegran de que sigamos acá dispuestos y pacientes en espera del nuevo sol.

El ave fénix, nos muestra la mitología, renace a la nueva gloria desde sus propias cenizas. Sus lágrimas, surgidas por los dolores que la adversidad le proporciona tienen la rara cualidad de ser curativas. Así, entonces renacida el ave levanta el vuelo en el límpido espacio de su nuevo amanecer.

¡Qué así sea!

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