REFLEXIONES EN TORNO A JUAN P.

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Por Ernesto Parga Limón

Juan P. llegó exultante, emocionado, traspirando esperanza; al ver mi poco entusiasmo se sintió juzgado y quiso justificarse diciéndome. -Hubieras ido, ahora que lo tuvimos acá en nuestra ciudad, yo estoy seguro de que, si un día estás cerca de él, como yo he tenido oportunidad de estarlo, cambiará tu manera de pensar y todas esas reservas que tienes en contra de su proyecto de transformación se desvanecerán-. Al no conseguir la respuesta que de mí esperaba, decidió muy molesto, retirarse. Yo me quedé preocupado y pensativo, ya que lo aprecio. Mis reflexiones caminaron por los senderos que ahora te comento:

Debo empezar por aclarar que yo no lo he juzgado, ni en ese momento ni nunca, por la sencilla razón que yo, como la inmensa mayoría de los mexicanos, alguna vez estuve en la misma situación de arrobamiento por tal o cual figura política, como ahora lo está Juan P., así que lo que siento es una profunda empatía, porque entiendo que el fervor de Juan P., nace de la noble ilusión y el genuino derecho de tener una patria digna, y un mejor futuro para sus hijos.

Lo que me enfada es la poca memoria de Juan P., de verdad que no entiendo cómo es que recurrentemente vuelve con su esperanza, que renace y de nueva cuenta levanta el vuelo una vez que ha sacudido su manchado plumaje, como quien pone bajo el tapete el polvo para ocultarlo.

Insisto en que no lo juzgo, es importante para mi que se sepa que mi actitud es sincera y no una pretendida superioridad ante lo que consideraría, una inocentada de Juan P.

Yo mismo, en el lejano 2000 esperé y creí que el de las botas acabaría con las lacras de este país, pisoteando víboras prietas y tepocatas, yo fui, entonces, Juan P., y las víboras que más que víboras resultaron dinosaurios, encontraron espacio y siguen vivitas y coleando. Y no es que yo no busque una mejor patria y que me niegue a la esperanza de un futuro mejor, no es eso, se lo he dicho repetidas veces a Juan P. y ahora te lo digo a ti mi amigo. Yo sé de cierto que el cambio no vendrá por esa vía, la de los políticos, que siendo los mismos y haciendo lo mismo, se declaran diferentes. Antes el epíteto descalificador salía de la derecha; hoy sale de la izquierda; antes tepocatas ahora conservas, es lo mismo y son lo mismo.

Y Juan P. no me dejará mentir, recuerdo la vez en que su esperanza estaba en otro color, con aquel que, con una pirámide bajo su sombrero norteño, pronunciaba mantras y prometía rumbo nuevo, para darnos un mundo nuevo, en esa ocasión también intenté ponerlo a pensar; pero seriamente me espetó un contundente; -es que no lo has visto a los ojos-. Así sigue creyendo Juan P.

Hace muy pocos años, en una ciudad a orillas del Rio Bravo, muchos como Juan P., creyeron en el hermano del gemelo, llevando al triunfo al partido tricolor con una votación abrumadora que aún no se supera por ningún otro candidato. Pero Juan P. ya olvidó en donde estaba, entonces, su esperanza, y olvidó también que a pesar de tanto fervor ciudadano el desencanto fue mayúsculo.

Quisiera ser un mago de las palabras y de las ideas para ordenarlas de tal forma que me ayudaran a evitar otra desilusión en Juan P., porque creo que no resiste una más y eso me llena de temor. Tanto va el cántaro

al agua que termina por hacerlo estallar. Cuando veo tanta sincera, excitada, apasionada pero errada simpatía por el autor de la promesa en turno, no puedo dejar de pensar en la conocida frase de una sabia canción popular: “Entre más alto volamos nos duele más la caída”. He utilizado la palabra errada con toda conciencia, ya que no hay un solo dato en la realidad pasada o presente que nos indique que estamos ante otra forma de hacer política, nada, absolutamente nada. Y a pesar de eso no solo renace la sexenal esperanza, sino que ahora toma ribetes de paroxismo religioso y de culto a la personalidad francamente inconcebibles para estos tiempos.

Quiero también decir, honrando la buena intención de Juan P., y en su descargo, que esta actitud suya, noble pero crédula, espero no ofender, no es privativa de México, los políticos que se dice no políticos, esos reformadores “estáticos”, pululan por todas partes, y se llamen como se llamen son solamente eso; políticos. Igualitos todos, con pretensión de eternidad y sintiéndose merecedores de un lugar en el panteón de su patria.

Lo que quisiera explicarle a Juan P. y a quienes piensan como él es: que la trampa de los políticos (con la sola intención de manipularla) está en dotar a la mayoría de una supuesta sabiduría e infalibilidad (la gente es buena y no se equivoca). La muchedumbre erró condenando al Cristo hijo del Dios verdadero, la muchedumbre erró cuando siguió a su Führer en sus demenciales pretensiones.

Cuando se trata de sabiduría y de bondad de la persona, no hay plural posible que me acoja, el término “la gente” utilizado así, no tiene ninguna significación, solo existe la sabiduría y la bondad individualmente conquistadas, trabajadas con ahínco.

La verdadera responsabilidad política para hacer patria consiste en participar en la elaboración de leyes que aten de manos a los políticos, para que a pesar de sus megalómanos proyectos queden siempre constreñidos por el peso de la ley y por el equilibrio de poderes.

Hasta aquí llego con estas reflexiones en torno al noble equívoco de Juan P.

Por cierto, por si lo estás intuyendo, te confirmo que el apellido de Juan es; Pueblo

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