DE PEROGRULLO

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Dos pueblos, dos incendios, una vida.

Por Ernesto Parga Limón

“Nadie se va del todo siempre y de algún modo algún trocito quedará, de su alegría, de su nostalgia, de aquella luz que había en su mirar y la verdad que había en sus palabras”. Sergio Esquivel (canción popular)

Llegó del sur ya que el destino, que no siempre sabe de querencias, lo lanzó allá, “pal norte”, con una interrogación en la cabeza y otra más en su contrito y solitario corazón.

Mantuvo siempre, como el viejo tango El corazón mirando al sur, porque allá habían quedado todos sus amores. Honró con su trabajo honesto y su infatigable esfuerzo al solar que le acogía; la antigua Villa del Refugio, la que nunca se deja ganar en hospitalidad, generosa porción del suelo patrio, que da, a orillas del Río Bravo, un sueño nuevo a todo sueño cancelado.

Así era él, vida vivida para desvivirse por los suyos: sus hermanas, sus padres, su esposa, sus hijos y sus nietos. Su larga vida consistió sistemáticamente en hacerse a un lado para que, por él, otros fueran felices. -Siéntate a mi lado y serás feliz- solía repetir casi como un estribillo de poética canción de cuna.

Alguna vez leí que la verdadera descripción de amor se encierra en esta expresión: En el amor uno no cuenta. Y ese fue su credo. Así era él.

Recuerdo ahora la parábola de los dos hermanos, que ante la pregunta que se le hace al niño mayor que ha subido la ladera escarpada con su hermanito a horcajadas sobre su cuello -¿No te cansas? responde, dibujando una sonrisa en su rostro fatigado. -No me pesa, es mi hermano-. Así era él.

La tierra de Agustín Yáñez le vio nacer, aquel “pueblo de mujeres enlutadas”, de imponente parroquia de cantera, de exquisitas arcadas delineadas con maestría por artesanos que aman su añejo oficio de cantero, pueblo de chile de árbol, de picones , de papas en vinagre y de domingos de “jardín” en que la música ambiental se confundía con los vocingleros piropos lanzados por los hombres a las bellas alteñas de ojazos tapatíos, y con el tronar de los tostados cacahuates que van amontonando su cascara en la acera ante la mirada amenazante del barrendero que empuña su enorme escoba de popotes.

Y fue un día que fiel a su costumbre de ayudar, él, siendo el responsable de la pequeña terminal, ante la falta de choferes, toma el volante de un viejo autobús, y como siempre se cumple la conseja popular de que en los bienes y en los quehaceres ajenos cae la desgracia, esto

exactamente sucedió, un pasajero llevaba gasolina y otro fumaba, las llamas se esparcieron raudas abrasando a su paso fierros y personas.

Y perdió todo, todo se le arrebató al hacérsele responsable. Y tuvo que salir, buscando nuevos horizontes, dejando por allá jirones de su alma. Aquel suceso le dejó cicatrices en la frente, en ambos brazos y en la mente que lo acompañaron a lo largo de su vida.

En las calles del centro en los 50s, fue un matamorense más, aunque seguía su corazón mirando al sur. En la calle Ocho con circulación de sur a norte, entre paleteros y paletas, entre fritos y friteros pasó sus días y muchos de sus años.

La Capilla que era en aquella época aun un barrio familiar, fue su espacio vital para combatir las añoranzas hijas de su soledad acumulada. Recorría la calle 10 y cumplía su precepto dominical en la iglesia del Sagrado Corazón que edificó el recordado Padre Ornelas, justo al lado del Mercado Quintanilla. La Capilla cuna del guayín, mágica cura de la cruda de beodos amanecidos, favorito de obreros, de estudiantes sin fondos que haciéndose la pinta compartían mesa, en ecuménico convite, con jubilados, con vendedores de cachitos de lotería o con chicas de galante vida, todos ellos visitantes asiduos de La Jarochita, El Victoria, El Deportivo, El Buen Gusto y otras loncherías de idéntico formato.

Y la marquesina del cine Alameda anunciaba la doble función de películas del Santo, mientras que los luchadores locales intentaban, justo al lado, emular sus piruetas en el Auditorio Matamoros aquel mismo que infatigablemente prometía en su estentóreo sonido publicitario “Munchas, pero munchas emociones”. Y el santo, vivificante y ancestral olor a café recién tostado del expendio “La Cordobesa” inundaba toda la placita, y se metía hasta la médula en cada uno de sus desocupados transeúntes.

Pasaron los años y el norte le sentó de maravilla, reunió de nuevo a su familia y prosperó dándole a sus hijos pan, carrera, y con su ejemplo, el impagable regalo de vivir con la frente en alto. Así era él.

Y acrisoló en su vida lo mejor de ambos mundos, la cultura del esfuerzo tan propia de estos pueblos, aprendida en parte, de tantos “árabes y libaneses” asentados por los “nortes” de la patria, pero conservando, al mismo también, las costumbres propias del occidente mexicano. El negocio cerraba sus puertas de 2 a 4 de la tarde para comer en familia, igual que en el pueblo alteño de sus recuerdos. Y se comía y se hacía familia a la de antes, no solo por el hambre, sino en celebración al hecho de estar juntos. El padre ocupaba el lugar de honor y aunque dispuesto lo cedía, la madre obstinadamente lo impedía con la misma tajante admonición, -Ya saben que es el lugar de su papá- y el anhelo de ocupar la silla renacía al día siguiente con idéntico resultado.

Y sucedió de nuevo, el fuego apareció y arrasó con la única fuente de sustento, el comercio en el que tanto se esforzó sucumbió al implacable ataque de las llamas, y ahora ya, con 60 sobre sus espaldas y muchos deberes familiares por cumplir, el destino aciago lo golpeaba nuevamente. Pero el fuego solo espoleó al gigante del amor, sacudida la tristeza, despertó de nuevo y luchó y

se aseguró una vez más, que por él todos fueran felices. Y resultó más fácil levantarse ya que ahora los suyos estaban a su lado, esta vez no había ni norte ni sur, estaba situado en el mejor de los puntos cardinales, en el epicentro mismo del amor genuino; su familia, que siempre dio rumbo a su existencia. Así era él.

Y otro día, cumplida la tarea, se fue sin irse, se fue tras la Rosa marchita que prometió cuidar eternamente, pero que el destino que no sabe de querencias, meses antes le había arrebatado. Se fue sin irse. Se quedó, como se quedan aquellos que descifraron en su vida la clave grande del amor: Uno no cuenta.

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