De pudores femeninos y masculinos

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De Perogrullo

Por Ernesto Parga

«No enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar.» Michel de Montaigne

Cualquiera, en estas condiciones de encerrona por Covid-19 se vuelve más observador, más analítico, a falta de distractores y de prisas se aguza la mente, se comparan con parsimonia tiempos, géneros, edades, nacionalidades y gustos. No hay merito alguno. En realidad es la natural consecuencia de la ralentización a que inopinadamente fue sometido nuestro casi frenético y descerebrado uso del tiempo. Así como la naturaleza y la vida animal están recobrando espacios que les fueron arrancados; de igual manera la mente va recuperando y reconquistando sus capacidades de inquisición ante cualquier realidad que se le ponga enfrente.

¿Cómo le hacen en otros países para ser felices sin tortilla y chile?

¿Quién habla más, el hombre o la mujer?

¿Cómo hubiera sido esta encerrona hace 20 años sin celular y sin Netflix?

Y así un largo etcétera en esta línea de “profundísimas especulaciones metafísicas” cuyos únicos servicios son, por una parte, la lubricación de la oxidada capacidad de pensar y por el otro, proveer a la enclaustrada humanidad de la falsa sensación de que el tiempo trascurre más rápido una vez que se ha resuelto la cuestión en turno y aun incluso sin haberla resuelto.

El más reciente episodio de esta acometida mental, que bien pudiera llamarse “De pudores femeninos y masculinos”, me sucedió apenas ayer, cuando un tanto atribulado por el excesivo cobro del ultimo recibo de luz, perdón me corrijo aquí, el más reciente, ojalá que alguna vez fuera el último, pero un contrato con la compañía de luz exige igual indisolubilidad que el matrimonio cristiano; hasta que la muerte nos separe.

En virtud que el cobro en cuestión tenía más ceros que días la sana distancia, determinamos todos en casa, aprovechando el fresquito que dejó la lluvia, apagar el aire acondicionado y retomar la no tan antigua costumbre de abrir las ventanas. (Cualquiera que haya pasado su infancia en el húmedo verano del noreste de México, se recordará durmiendo en el piso con las puertas abierta y las infaltables mosquiteras como único mecanismo de seguridad ante moscos, sancudos, grillos, famélicos perros, borrachos trasnochados, ladrones y almas en pena.)

Una vez levantadas las ventanas, modernas guillotinas del rocío y del sereno, nos vimos en la imposibilidad, al llegar la hora de dormir, de activar la alarma ya que cada ventana cuenta con un sensor que se acciona al estar abierta, el dilema, entonces, se nos planteó muy complejamente:

O aire natural y consiguiente ahorro de energía con su toque de remembranza por los tiempos idos, o seguridad de alarma y más ceros a la cuenta de los relojes en el medidor que volverían a girar como hélices de supersónica nave.

Mi mujer atajó pronto, -ni loca me duermo con la ventana abierta y corrida la cortina, ¡te queda claro!, todos los “viejos” nos verían, ni loca ¡eh! – Yo insistí con el argumento fracasado de otras tantas veces, de que sin correr la cortina el aire rebota y escapa por donde llegó, y adiós el fresco.

En ese momento por la sabiduría que otorga la experiencia de vida supuse que mi derrota era cosa cantada.

De cualquier manera, ya por el mero gusto de recuperar por la cuarentena el viejo oficio de pensar, intenté dilucidar.

¿Por qué se experimenta tan diametralmente opuesto el pudor entre hombres y mujeres?

¿Quizás el pudor masculino tiende más proteger y a salvaguardar la idea que de uno mismo se quiere proyectar, quizás por eso el hombre llora menos y calcula más cada una de sus palabras o expresiones? A lo mejor el hombre piensa, -no importa que se asomen por mi ventana con tal que no se asomen a mi alma.

¿Qué cómo experimentan y viven el pudor las mujeres? No lo sé, pero sí sé que ni en mil cuarentenas mi mente masculina lo comprenderá.

Pero la vida aún a los 57 nos tiene reservadas algunas novedades. Mi hijo, que por mera obra del azar escuchó el desparejo debate conyugal decidió intervenir, creo que, por mera solidaridad en rescate del compañero caído, y bien armado con el doble e imbatible poder de ser el hijo mayor y además varón, con el aplomo que da la certeza en aquel que se sabe ganador con o sin razón, con asombroso sosiego y una levemente acusada soberbia… Pontificó; ¡Ay ma si se mete un viejo la Trufa le ladra! Y la ventana se abrió y las cortinas se corrieron como el agua sumisa del mar rojo ante la divina orden; el milagro se reeditó. ¡Poder es poder!

Y esa noche dormí sereno sin pensar en los relojes del medidor de la CFE, y dormí con el dulce sopor que me produjeron las oleadas repentinas del sereno que llenaban nuestra habitación.

Pero, ya se sabe que no hay felicidad perfecta, justo a la mitad de la jornada nocturna me despertó la acuciosa necesidad de dirimir una cuestión más de esas, de “profundísima especulación metafísica” y además, esta, de urgente respuesta para todo norteño bien nacido.

¿Cuándo volverán a prender el carbón mis hijos?

¿Qué opinas?