AL VUELO-Etiqueta

Doña Tencha era una mujer sencilla, de familia pobre pero de arraigadas costumbres religiosas.

Todas las mañanas acudía al llamado de la parroquia local donde escuchaba los sermones del padre Cosme.

Abnegada, como la mayoría de las beatas pueblerinas, se desvivía por atender a su único hijo. Toño representaba para doña Tencha el mayor fruto de sus esfuerzos y la esperanza de tener un futuro mejor.

Con apenas doce años, todos los días y buena parte de la noche Toño se paraba en una de las callejuelas del barrio, con su radio en mano y su cachucha de pedrería brillosa.

Para doña Tencha, sin embargo, seguía siendo su bebé. Cuando hacía frío le llevaba su chamarrita para que se cubriera del viento y la lluvia.

En ocasiones, cuando Toño estaba muy cansado y quería echarse una pestañita, la buena mujer tomaba el radio y se ponía en el quicio de alguna puerta, atisbando al horizonte para reportar el paso de los convoyes de soldados y federales.

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Por Pegaso

Cierto día, Toño se descuidó por un momento, mientras engullía una torta de jamón y aguacate que le había echado su madre en una bolsa de plástico.

Mientras se pasaba el bocado con un trago de refresco, aparecieron los militares en la esquina.

Era una redada.

Intentó correr a todo lo que daban sus piernas y los soldados le marcaron el alto.

No hizo caso. Se “sordeó”.

Un segundo más tarde su cabeza estalló como globo cuando una bala calibre 50 impactó en su nuca.

El proyectil le voló medio cráneo y cayó pesadamente al pavimento.

De nada valieron las lágrimas de doña Tencha. La pobre mujer lloró sobre el cadáver sanguinolento, mientras gritaba a los militares que su vástago era inocente.

El cuerpo de Toño fue enviado a la morgue con una humillante etiqueta amarrada en un dedo del pie con la leyenda: “Delincuencia organizada”.

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