JUEGOS DE NIÑOS

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Una mañana como cualquiera, el niño Enrique se despertó y vio por la ventana que los mayores jugaban a las escondidillas. De inmediato se juntó con ellos, les cayó bien y tuvo acceso privilegiado al grupo, dominado este por puros “Big-Leaguers”.

Sus nuevos amigos del sector siempre se cuidaron de juntarse con la plebe, esa que jugaba en los llanos contiguos, donde el polvo volaba por los aires con el simple roce de los pies descalzos. Kike nunca ha andado descalzo, así que para evitar infecciones transmitidas, mejor nunca se acercó a los llanos.

Su vida placentera en los jardines le dio la oportunidad de ver su mundo, soñado por muchos, como algo normal que le acontecía a todos los niños con privilegios.

Y pensaba que sus nuevo amigos también compartían sus maneras, pues en su yo interior abrigaba la esperanza de que esos que vestían como él, habrían sido educados de igual manera.

Esto se alejaba mucho de la realidad, algunos de ellos, cuando los demás no les veían, acudían a los llanos a jugar, para saber que se sentía convivir con los que menos tenían, y desde luego para presumir sus privilegios, además de que con ellos, escuálidos y mal nutridos contrincantes, era fácil ganar.

La malicia fue adquirida ahí por sus amigos, pero Enrique que nunca fue, ni siquiera sabía que la malicia existía.

Dicen los que saben que algún día se enterará y que le van a sacar el mole, (así se dice entre los niños bien), cuando le den una golpiza de tamaño reservado.

Por lo pronto sigue jugando en el parque del condominio horizontal de lujo, ya se sube y se baja, (claro del sube y baja), ya corretea la pelota, (hasta visita canchas en el extranjero), sigue practicando las escondidillas, aunque lamentablemente siempre lo encuentran, cosa que lo pone triste, pero no lo suficiente como para despeinarlo.

Y esto es importante, porque allá en el pueblo de “Atlaco-Mulcho”, (creo que así se escribe), de el Estado de Indefensión, en la República de la Ignominia, vive la abuela, (que si tiene) misma que le enseño a usar la savia de las yerbas como fijador para el pelo.

Lamentablemente el polvo se le pega a la sustancia, razón por la cual nunca visitó los llanos, el siempre ha pensado que su abuela fue muy sabia al usar la savia, pues él sabe que mienten aquellos que dicen que le falta sustancia.

Hace unos días, en el centro comercial del centro, tuvo la osadía y el dinero suficiente para rentar el tiovivo completo, invitando a viejos amigos a subirse al carrusel, con tan buena puntería que solo se subieron los que ya antes se habían subido.

Parece que el niño rico se olvidó de los descalzos y pudiera ser, tan solo eso, pudiera ser que esos, los dolidos por el abandono, le construyan una resbaladilla de esas muy largas que no tienen fin.

Pero que les puedo contar a ustedes, estas tan solo son, JUEGOS DE NIÑOS.

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