ALEJANDRO PORTILLO

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     En una semana se fueron los dos, padre e hijo, me imagino el dolor por el que pasa esa familia tan cercana desde mi llegada a Matamoros Tamaulipas.

 

    Don Alejandro Portillo el viejo, quizá uno de los mejores amigos de mi padre, a quien recuerdo siempre alegre con una guitarra en la mano, fue tal vez el mejor requinto en la historia de esta fronteriza ciudad.

 

     Una voz privilegiada para la canción romántica, esa de antaño, la de los tríos que interpretaban boleros y nos hacían soñar con el primer amor.

 

       Desde niño me inculcaron el respeto a los adultos, así que a pesar de los coscorrones recibidos, yo era el encargado de preparar los whiskies con bastante hielo y más Old Parr, dejando un pequeño espacio para el agua mineral.

 

        Los ojos se me humedecen al recordar esas tertulias; tardes de poesía, canto y música, además de las bebidas embriagantes, pero que nunca terminaban con reclamos. Ellos sabían para que se reunían, y cuando la misión terminaba, recogían sus instrumentos y marchaban a su casa con la ilusión de acumular chistes nuevos en 7 días para poder platicarlos en la tertulia del club de Tobi.

 

         El viernes pasado 2 de marzo del 2012 murió Don Alejandro de un infarto fulminante y durante su sepelio, su hijo del mismo nombre se sintió mal de salud producto de una pulmonía mal cuidada que culminó en neumonía y que ayer martes 5 lo llevó junto a su padre.

 

           Al Dr. Alejandro Portillo lo conocí desde niño, muy amigo de mi hermano Rolando, dicharachero como su padre, con autenticas características de liderazgo que supo aprovechar para convertirse en hombre fuerte de la UAT en Matamoros, cuando lo muchachos estudiantes hacían y deshacían.

 

            Es decir, cuando la libertad para expresar las inconformidades de hacia desde las Universidades, cuando a los muchachos no se les trataba como reductos, es decir, cuando ellos, los estudiantes, hacían valer su condición y sabían convencer con argumentos a las autoridades.

 

            Cuando existían las válvulas de escape y los jóvenes no tenían que acercarse al crimen para sentirse libres, cuando los delitos más comunes eran robarse cerveza de los mini-super o incendiar ¨peseras¨ por los aumentos o falta de respeto a la tarifa de estudiantes.

 

             A mi amigo Alejandro le tocó lidiar en esos tiempos y pude constatar que era un autentico líder estudiantil, preocupado por su gremio y hábil en el manejo político, muy comprometido con su gente, misma que lo respetaba siempre.

 

             Amigo incondicional, daba siempre muestras de ello, recuerdo que, cuando entregue el liderazgo del partido llegó con su gente para acompañarme en la salida tan solo para demostrarle al presidente de entonces que por encima de la disciplina partidista estaba la solidaridad con el amigo.

 

             Nunca se lo perdonaron, pero a él tampoco nunca le importo.

 

             Se fueron dos hombres buenos en tan solo unos días, los dos descansan en paz y ambos respondían al nombre de: ALEJANDRO PORTILLO

 

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